Una revista de humor sin muros

Cuentos serios de bufones no. 15

Por Pepe Pelayo

Érase una vez, hace poquísimo tiempo y en un lugar muy cercano, un bufón ensayando porque en unos minutos más debutaba oficialmente como bufón en la Corte. Nunca se había atrevido a dar ese paso. Siempre dudaba de su vis cómica, su poder de interpretación, de su habilidad para improvisar. En fin, ahora los nervios lo consumían y el momento de acercaba., porque estaba a punto de finalizar una disertación que alguien impartía en el Salón. Después le tocaba entrar y hacer reír a todos los presentes. Pero no se sentía capaz.

De pronto, el bufón sintió, más que vio, una sombra a su lado. Giró la cabeza y pudo verla. Era una joven morena, de cabello corto y ondulado, de aspecto grácil y facciones distinguidas. Usaba una túnica blanca, bordada y con pliegues, que le llegaba hasta más abajo de las rodillas. Pero no era una joven cualquiera: una delgada nube fosforescente, de color rosa pálido, bordeaba su silueta.
-¿Quién eres? –quiso saber el bufón extrañado.

-Soy Clío, la musa de la Historia.

-¿Y qué haces aquí?

-Estoy inspirando al historiador del Reino que está hablándole al Rey y a la Corte en estos momentos.
-Pues si eres Musa, deberías inspirarme a mí, porque si entro ahora en vez de hacerlos reír, haré llorar a todos. ¡Tengo pánico escénico!

-Pues yo resuelvo enseguida tu problema. Voy a buscar a mi prima Talía, la Musa de la Comedia para que te inspire.
-No será posible, Musita, faltan pocos minutos para que me toque entrar al Salón.

-No te preocupes. Un minuto para ti es mucho tiempo para nosotras.

Entonces, la Musa desapareció ante los ojos del bufón, dejando sólo una débil estela de su nube fosforescente, que fue disolviéndose en el aire poco a poco.

Dio unos pasos para repasar su repertorio de chistes y bromas, cuando sintió unos aplausos y después la voz del Heraldo de la Corte anunciándolo. Los pies le temblaban al caminar y un sudor frío le corría por la espalda.
Se situó en medio del Salón y permaneció callado. Deseaba que se abriera la tierra y se lo tragara. Pero de repente escuchó un susurro, miró, y vio la puerta del Salón entreabierta y asomadas las dos Musas. Una lo saludaba con timidez y la otra con mayor confianza.
Como por arte de magia su estado de ánimo cambió. Sintió una bocanada de inspiración. Se convirtió en el hombre más cómico del mundo. Y comenzó su presentación con chistes, juegos, bromas, mímica, imitaciones, ¡de todo hizo el bufón! Y su éxito fue extraordinario. Hasta el Rey, con los ojos aún húmedos de tanto reír, lo felicitó.

Una vez terminado todo, el bufón corrió hacia donde estaban las Musas.

-¡Gracias! –casi gritó al verlas y señalando a la nueva Musa, añadió-: Si no hubiera sido por ti…

-De eso te quería hablar –lo interrumpió la Musa de la Historia-. No pude encontrar a Talía y traje conmigo a mi otra prima, Melpómene, la musa de la Tragedia…

-¿De la tragedia? Entonces…, ¿ella no…?

-Nada –dijo Melpómene-. Yo no hice nada.

El bufón primero se llevó las manos a la cabeza, después al pecho, y se quedó mirándolas boquiabierto.

Entonces, de a poco, su rostro fue iluminándose…

Por Pepe Pelayo

Érase una vez, hace poquísimo tiempo y en un lugar muy cercano, un bufón que tenía un hijo muy pequeño. Desde los 3 años la gente veía al niño hablando solo; es decir, contando chistes, realizando mimos, muecas y gracias, siempre jugando a ser él un bufón, como si estuviera haciendo reír a alguien.

El papá bufón se preocupó por la extraña conducta de su hijo y comenzó a investigar, descubriendo que el niño tenía un amigo imaginario.

Se sabe que muchos niños inventan amigos irreales para sociabilizar y jugar. Sin embargo, lo especial en este caso es que el amigo imaginario no era un niño de su edad, ni siquiera era un adolescente. ¡Su amigo era un adulto mayor! Y con él jugaba todo el tiempo haciéndolo reír en sus prácticas para ser un bufón profesional como su padre. Y también compartía su vida personal, claro está, confiándole todo.

Y así el muchacho fue creciendo y con él envejecía aún más su amigo imaginario.

Se convirtió entonces aquel niño en un simpático joven y tuvo que ponerse a buscar su repertorio y estilo propio de bufón, para sustituir a su padre, ya retirándose de su gratificante oficio.

Y el joven bufón decidió explotar su talento como ventrílocuo. Se sentaba en sus rodillas un muñeco de aspecto de anciano, el cual bautizó como Sigfrido, porque así se llama su viejo amigo imaginario. Y manipulando por detrás al muñeco y sin mover los labios, proyectando su voz desde el estómago, lograba hacer reír a su público tanto en el Palacio como en la Villa.

Pero su mayor éxito fue cuando su amigo imaginario le propuso que al ser él una persona irreal; es decir, alguien que nadie más que el joven podía ver, aprovecharía eso y se pasearía entre los espectadores, escucharía lo que hablaban y todo lo que averiguara se lo transmitiría al oído al joven y así parecería que además de ventrílocuo, el bufón era adivino. Todo en clave de comicidad, por supuesto. Y el show del hijo del antiguo bufón fue un éxito total hasta en varios Reinos vecinos. Nadie podía creer todo lo que decía y sabía el gracioso muñeco Sigfrido.

Pero no todo fue risa, fama y complacencia en la principiante carrera de aquel bufón.

Al paso del tiempo el amigo imaginario, cada vez más viejo, se fue enfermando, se fue apagando, hasta que un fatal día falleció.

El nuevo bufón de Palacio sintió un gran dolor. ¡Una vida compartiendo con su amigo! Y ahora lo perdía para siempre, asumiendo por primera vez él solo su responsabilidad personal y profesional.

Pero el show debía continuar, como dice el dicho, y tuvo que presentarse ante el Rey y su Corte para hacerlos reír. Llegó al salón sin ánimo, sin deseos y sin chispa alguna. Sintió miedo porque su estado de ánimo lo podría llevar al fracaso y sabía que si no le sacaba una sonrisa al Rey su carrera podría peligrar.

Nervioso, colocó el muñeco sobre sus piernas y mientras pensaba y decidía rápidamente qué decir, su sorpresa fue enorme al ver a Sigfrido hablar solo, independiente, y sacándole carcajadas enseguida a la audiencia.

Solamente tuvo que imitar que lo manipulaba.

Entonces, en un susurro salido de su estómago -que nadie del público escuchó-, el bufón le agradeció con todo su corazón a Sigfrido. Es que un amigo, real o imaginario, si es verdadero, nunca nos falla.

Cuentos serios de bufones No. 13

Por Pepe Pelayo

Érase una vez, hace poquísimo tiempo y en un lugar muy cercano, un bufón saliendo del Castillo a pasear y despejar su mente, cuando fue alcanzado por un famoso pintor.

—Necesito un favor tuyo –le pidió el artista.

—Por supuesto, dime –respondió el cómico.

—Hace falta que vayas a casa de una dama a la que recién le hice un retrato. Ella tiene algo extraño, porque no ríe con nada. Creo que está demasiado deprimida.

—Yo me encargo, Maestro, no se preocupe.

Desde ese día el bufón se hizo amigo de la mujer y comenzó a visitarla a diario para conocerla bien. A los poco días ya sabía que su pésimo ánimo era por una tremenda decepción amorosa que había tenido y aún sufría mucho por tal motivo.

Entonces le empezó a contar chistes sobre el tema, poniéndose él como protagonista de situaciones similares a la de ella, riéndose de sí mismo. Su nueva amiga fue comprendiendo que al reírse de sus problemas, éstos iban disminuyendo su importancia. Y aunque no se atrevía a reír aún, de buena gana recibía al bufón y sus constantes gracias.

Hasta que llegó el día en que su rostro fue marcándose con una mínima sonrisa, casi imperceptible, al escuchar un chiste muy cómico sobre exactamente lo que le sucedió a ella. El bufón se dio cuenta de paso que había dado y continuó sin parar con sus gracias. Entonces su amiga comenzó a ponerse seria como siempre, pero ahora alternaba por momentos con esa media sonrisa en sus labios.

Y aquella tarde, en plena sesión del cómico, fueron interrumpidos por un griterío en la puerta. Era el gran pintor que llegaba corriendo con expresión de mucha extrañeza.

—¡Bufón! ¡Bufón!

—¿Qué sucede, Maestro?

—Estaba preparando una mezcla para darle unos toques al paisaje detrás del retrato que le hice a ella –soltó de un tirón el artista, señalando a la mujer—, cuando de pronto me fijo… ¡y en el lienzo, apareció una sonrisita en su rostro que yo no había pintado!

Al escuchar aquello, ella volvió a dibujar en su cara la enigmática sonrisa y el bufón imitó con complicidad a su amiga Gioconda.

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Por Pepe Pelayo

Érase una vez, hace poquísimos años y en un lugar muy cercano, el nieto del retirado bufón de Palacio salió acongojado a las calles de aquel villorrio a causa de la impotencia de ver a su abuelo deprimido por no tener ya la habilidad de hacer reír.

Pasando por una estrecha calle encontró a un hombre vendiendo flores, frente a un local con un letrero en su puerta que decía: “Escuela de graciosos”. No lo podía creer. Pero reaccionó y entró enseguida. Lo atendió un anciano de baja estatura con un sombrero extraño. “Quiero aprender a ser cómico”, soltó de inmediato. “Claro, para eso eres el nieto del antiguo Bufón de Palacio”, dijo el viejo. “¿Cómo lo sabe usted?”, quiso saber el muchacho. “Eso no importa, hijo”, le respondió el anfitrión, “lo importante es que te prepares ya para la primera clase”. Y le indicó al chico que se pusiera a hacer gracias a la gente que pasaba por la calle. El aprendiz de bufón comenzó a soltarse poco a poco y en un momento ya se reía de un comerciante que usaba peluquín, de un carbonero de enorme nariz, etcétera. De pronto fue llamado por el anciano, que lo regañó explicándole que no era bueno burlarse de los defectos físicos, ni de nada que podría dañar a las personas.

Entonces el pichón de bufón cambió su rutina y comenzó a contar chistes infantilones que recordaba; también a burlarse de feos actos que cometía la gente, como de un ladronzuelo, de un caballero que despreciaba a los demás a su paso, etcétera.

El anciano lo felicitó antes de irse de vuelta a su casa.

El chico no quiso contarle a nadie, ni a sus familiares, “hasta no graduarme de bufón”, se dijo, para darle la sorpresa a su abuelo.

Al otro día, bien temprano, regresó a la calle estrecha, reconoció al vendedor de flores, pero para su asombro, no existía el local con el letrero en su puerta. En su lugar estaba un puesto de frutas atendido por una mujer. No podía creerlo. Le preguntó varias veces al vendedor de flores y éste sólo se encogía de hombros. El aprendiz de bufón, con lágrimas en los ojos, dio media vuelta y se alejó alicaído. Pero al llegar a la esquina escuchó la voz del vendedor de flores que le gritaba: “¡Oye, niño, ayer me reí mucho con el chiste del perro y el gato!”. Al oír aquello el muchacho se volvió, pero de nuevo la sorpresa: el vendedor de flores no estaba por todo aquello.

El chico se demoró en entender. Pero al final sus ojitos brillaron y una sonrisa iluminó su rostro. Regresó a casa haciendo pataletas en el aire y pensando en su primera lección: “Ser bufón es mágico”.

Cuentos de bufones No.11

Por Pepe Pelayo

Érase una vez, hace poquísimos años y en un lugar muy cercano, un bufón entró a la Cámara Real del Palacio de aquella Villa, donde estaba en su lecho el Rey, padeciendo de una súbita enfermedad. Cuentan que en ese instante el bufón contó un breve chiste y el Monarca comenzó primero a sonreír y después a reír levantándose de la cama.

Y la risa, se extendió por los pasillos y dependencias del Palacio. Un cocinero que terminaba su turno de trabajo salió de allí riendo y contagió a su familia y a sus vecinos. En pocas horas se reía también toda la Villa.

Con un comerciante ambulante la risa se trasladó a todo el Reino. Y el mensajero de otro Rey que pasaba por esos lares rió y contagió a los súbditos de lejanas tierras. Enseguida todos los Reinos conocidos -y hasta los desconocidos-, reían.

Entonces los marineros embarcaron la risa hacia otras naciones y en poco días los pobladores de todos los continente reían a más no poder. Pero eso no paró ahí.

Cuentan que unos extraterrestres abdujeron a varios seres, como hacen siempre para sus estudios y se contaminaron con la risa. Así, al desplazarse la nave por el espacio sideral, la hilaridad se extendió por todo el universo en muy poco tiempo.

Dicen también que en una lejana galaxia, un dios trataba de rehacer un planeta que sus propios habitantes lo habían destruido por ignorancia y ambición y que a pesar de su inmenso poder ese dios se demoró seis días y tuvo que descansar el séptimo, todo debido a su incontenible risa.

Por supuesto, mucha gente no cree en este cuento porque ellos afirman que ese dios no existe, otros aseguran que es imposible que haya sucedido en realidad esa epidemia de risa. Hasta hay quienes no creen que hayan existido bufones con esa potencia en sus gracias.

Lo cierto es que cuesta creer lo que cuenta esta historia. Pero para los creyentes o no creyentes, lo importante es que al leerla sientan una sonrisa interior y se la transmitan a los que los rodean. Está demostrado científica e históricamente que eso también pueden provocarlo los bufones.

Por Pepe Pelayo

Érase una vez, hace poquísimo tiempo y en un lugar muy cercano, una solemne, severa y temida autoridad: era el Cardenal de Palacio, el cual aplicaba con suma rigidez sus leyes morales en aquel Reino, incluso por encima del Rey. Era famoso por castigar a los que se atrevieran a reír en público. Y sus castigos iban desde cadena perpetua por una sonrisa, hasta la guillotina por una risa.
Una mañana como otra cualquiera, recibió una carta firmada por La Muerte donde le decía que iría a llevárselo, inobjetablemente, esa misma noche.
La poderosa autoridad tembló de miedo, porque conocía esa antigua historia (muy requeteusada por los escritores, por cierto). Y estuvo un buen rato pensando, hasta que al fin decidió traer a su presencia y sin que nadie supiera, al bufón de Palacio. Al mismo que había desterrado como primera medida al inicio de su mandato. 
Tomó intensivas clases con el bufón, y en pocas horas aprendió a desplazarse y moverse de forma cómica, de memoria logró repetir un sin número de chistes y de respuestas ingeniosas a situaciones comunes y aprendió a disfrazarse y maquillarse como un verdadero bufón. 
Llegó la noche, y a la hora fijada la figura oscura, con capucha y guadaña en mano tocó la puerta del dormitorio del nervioso Cardenal, que le abrió con el corazón en la garganta. Luciendo el disfraz de bufón, hizo un saludo muy exagerado inclinando su cuerpo, de una manera tan cómica que hubiera hecho reír al ser más amargado del universo.
Pero la seria Muerte, preguntó por el Cardenal y el falso bufón contó varios chistes ingeniosísimos en medio de su respuesta, para al final informarle que ya en Palacio no vivía nadie con esas señas.
Extrañada, La Parca dio media vuelta y se fue. La autoridad entonces entró y comenzó a reír de alegría. Fueron tantas las carcajadas que le vino un ataque de risa como nunca antes en la vida había tenido.
El verdadero bufón llegó a la esquina del pasillo, se quitó el ropaje y la capucha, soltó la guadaña y regresó al dormitorio del Cardenal para conocer su reacción por haber burlado a La Muerte.
La puerta estaba entreabierta y entró. Lo encontró tirado en el piso, literalmente muerto de risa. 

Por Pepe Pelayo

Érase una vez, hace poquísimos años y en un lugar muy cercano, un respetable Barón de la Corte de Palacio se dirigía hacia el aposento del bufón, donde descansaba éste.
Es que esa misma noche el cortesano debía asistir a una banquete importante, donde pensaba pedirle apoyo y consejo a sus pares, en su plan de solicitarle más tierras al Rey.
“Necesito que me des un buen chiste sobre su Majestad”, casi le exigió al bufón.
“Lo siento, pero no regalo ni presto chistes”, le respondió el hombrecito de sombrero de cascabeles, “sólo los vendo, para que las personas como usted valoren más la creación chistosa. Es mi experiencia”.
“Pues te lo compro”, así de necesitado y apurado estaba el Barón. “Muy bien”, dijo el bufón y agregó: “ahora dígame las características del público que le escuchará su chiste, en cuál momento del banquete los contará, si desea provocar carcajadas o sólo sonrisas, y si quiere que sólo se rían con el chiste, o que rían y además los haga pensar, también si es un chiste que se burla del Rey o solo lo menciona, y si…”
“¡Tanto lío para un simple chistecito!”, interrumpió el Barón. “Y más…”, contestó el bufón alejándose.
Al cabo de unos minutos ya el distinguido Caballero tenía en su poder varios chistes. Los leyó y rió mucho por lo ingeniosos que estaban. Escogió uno pensando que le podría servir para mejorar su imagen de persona simpática y que a la vez le abonaría el terreno para cuando les pidiera el favor a sus pares.
El bufón quiso darles varios consejos de cómo contarlo, qué hacer ante imprevistos, etc., pero el acelerado Barón no tenía tiempo para eso y le ordenó al bufón que se lo escribiera todo en un papelito, mientras él buscaba las monedas para pagarle.
Esa noche el Noble esperó la oportunidad para contar su enjundioso chiste que ya tenía aprendido de memoria, y llegado el momento, lo contó ante la atención de todos los presentes.
Sin embargo, al finalizar de contarlo, y en contra de sus expectativas, sólo provocó algunas sonrisas de cortesía entre los demás Caballeros.
Al verlo tan desolado, uno de sus pares le pidió que explicara el chiste, por qué no lo había entendido bien. 
El distinguido Barón deseó que se abriera la tierra y se lo tragara en ese instante. ¡Ni siquiera guardó el prospecto que le dio el bufón!

Cuentos

Cuentos serios de bufones, No. VIII

Por Pepe Pelayo

Érase una vez, hace poquísimos años y en un lugar muy cercano, en la plaza principal de una Villa, comenzaron a reunirse muy temprano en la mañana varios campesinos con sus azadones y perros de pastoreo. También llegaron artesanos, sastres, carpinteros, modistas, cocineras, criados y hasta ermitaños venidos de los cuatros vientos.
A media mañana se le unió a la plebe gigantones con sus pesadas armaduras y escudos, con mallas metálicas de protección.
Casi al mediodía, arribaron a la plaza, con sus aires refinados, los duques, condes, marqueses y barones, todos con sus esposas y otros caballeros y damas, miembros de la selecta Corte.
De pronto, hizo su entrada a pie el Rey y muchos pajes, nobles, guerreros, cardenales y hasta lacayos fueron a su encuentro, palmeándole la espalda.
Fue el momento de más desorden en aquel lugar.
Pero de repente, se escuchó el sonido de tres tamborileros por una esquina de la plaza y todos callaron. Entonces, como un torbellino de movimientos y colores, aparecieron decenas de hombres en zancos, mezclados con tragafuegos, malabaristas, actores, músicos, mimos, cantantes y bailarines, confundiéndose con los allí reunidos.
Unos minutos después, la algarabía fue interrumpida por una aguda, larga y estruendosa fanfarria que hizo enmudecer a todos.
En ese instante se vio llegar la Carroza Real, tirada por seis caballos blancos.
Ahí se vio correr con celeridad al Rey hacia el vehículo para abrir la portezuela, con una rodilla en el suelo y la cabeza gacha.
Del interior de la Carroza Real bajó majestuosamente un hombre pequeño y feo, vestido a rombos y colores vivos, con sombrero de tres picos terminados en cascabeles. Cascabeles que también sonaban en sus puntiagudos zapatones.
Después del impresionante silencio, la bienvenida fue otra profunda genuflexión del Monarca, con su otra mano aún en la portezuela, seguido de la reverencia de todos en la plaza.
-¡No! ¡No! ¡Les he dicho que no tienen que inclinarse nunca más! –los regañó el bufón, antes de descender del último peldaño de la Carroza y enredarse con sus zapatones –nunca se supo si fue adrede o no-, para caer ridícula y aparatosamente frente a la muchedumbre.
Después de unos segundos de sorpresa, susto y duda, una carcajada brotó de las gargantas de aquella masa compacta. Una carcajada tan estruendosa, que se escuchó hasta en veinte Reinos a la redonda… Y que aún se deja oír ante cualquier sumisión en el Planeta.

Cuentos serios de bufones, No. VII

Por Pepe Pelayo

Érase una vez, hace poquísimo tiempo y en un lugar muy cercano, un buen bufón que hacía divertir siempre a aquella Villa.
Salía de su labor ordinaria en Palacio y se subía en el anfiteatro a un costado de la plaza principal y compartía con todos los villanos su repertorio.
Eso al Soberano no le agradaba. Quería el bufón sólo para él. Además, decía que se le pegaban ciertos chistes anti monárquicos bastante peligrosos para él y su Corte.
Quizás por eso, un día los guardias de palacio llevaron de madrugada y en silencio al bufón hasta el anfiteatro. Tuvieron que amenazarlo mucho, porque no paraba de reír y tenían orden de no despertar a nadie en la Villa.
Después, llamaron a un Mago. Pero no a uno cualquiera. Se consiguieron al más poderoso por su manejo y dominio de la Magia Negra. Obligaron al bufón a entrar a una caja, de esas que se usan en los espectáculos de magia y entonces el Mago, dando varios pases, hizo desaparecer la caja con el bufón adentro.
Cuando los habitantes de aquella Villa se enteraron de lo sucedido (todo en este mundo se sabe siempre), fueron hasta el anfiteatro y al escuchar las risas del bufón, sin saber de dónde provenían, desarmaron el escenario y destruyeron a continuación todo el anfiteatro. Jamás apareció el bufón, aunque siguieron oyéndose sus risas. Cavaron profundamente en el sitio, revisaron cada centímetro de tierra a un kilómetro a la redonda, pero tuvieron que rendirse ante lo imposible de la búsqueda.
Desde esos días, nunca nadie ha vuelto a saber del bufón. Incluso las autoridades prohibieron el paso por ese sector, para que no se escuchara la risa del pobre hombre. Por último, el Soberano mandó a sembrar pinos y abedules en el lugar.
Ha pasado mucho tiempo de aquello. Aquel bosque se taló entero. Después construyeron ahí mismo una iglesia, pero en pocos años un terremoto la destruyó totalmente. Después erigieron en ese mismo sitio un Museo del Ejército Real; sin embargo, duró poco por traslado a la Capital.
Actualmente es un bonito parque.
Lo más extraño de esta historia son los comentarios de muchas personas que pasan por ese parque, donde afirman que escuchan, exactamente en el centro del parque, unas risas bien claritas y contagiosas (sobre todo de madrugada), pero nadie puede asegurar de dónde vienen.
Si usted pasa por ahí algún día, estoy seguro de que escuchará también la risa. Y ahí se acordará de este cuento serio de bufones.

Cuentos de Serios de Bufones VI

 

Por Pepe Pelayo

Érase una vez, hace poquísimos años y en un lugar muy cercano, un negocio de lavado de ropa, orgullo de aquella Villa.

Entrando, en un primer espacio –el más limpio-, se veían colgados en perchas los elegantes trajes para caballeros, barones, marqueses, etc., y los vestidos vistosos de color negro con ribetes dorados de las damas. 

En un rincón de ese agradable salón, estaba la ropa de los niños y niñas de la nobleza.

En un segundo espacio -mucho más pequeño que el primero-, se veía un bulto en el piso formado por la ropa de los comerciantes, curas, jueces y demás distinguidos miembros de la Villa.

Y aún más atrás, se encontraba una tercera pieza -angosta y oscura-, antes de llegar al patio enorme por donde pasaba un riachuelo, lugar en que las lavanderas trabajan con sus manos. Pues en ese diminuto espacio colgaba de un clavo en la pared un camisón a colores y unos pantalones abombados. Debajo, tirados en el piso, un par de zapatones con cascabeles y al lado de éstos, un sombrero de tres picos, también con cascabeles en sus puntas. 

Lamentablemente esa noche, después de marcharse la última de las lavanderas, una vela mal apagada provocó un fuego en el salón principal. Las llamas crecieron rápidamente. Pero enseguida los vecinos, con baldes de agua del riachuelo del fondo, lograron apagarlo, no sin esfuerzo. 

Al final del siniestro, los presentes observaron boquiabiertos, cómo los trajes elegantes y vistosos estaban inservibles por el fuego y en el mejor de los casos desteñidos por el agua. Pero lo increíble fue ver que las ropas de las niñas y los niños estaban intactas. Se podían ver impecables, debajo del traje de bufón que los cubría. Éste lucía algo chamuscado, sí, pero con sus vivos colores aún. Una sonrisa cómplice unió a los presentesPor Pepe Pelayo

 

Por Pepe Pelayo

Érase una vez, hace poquísimos años y en un lugar muy cercano, un Reino enfrentado a otro, a punto de comenzar una guerra por unas tierras limítrofes.
Defendiendo a su Rey, miles y miles de soldados de infantería con sus armaduras, blandiendo ballestas, escudos y espadas, se colocaron en formación de cuadros sobre una colina y detrás, la caballería con lanzas y sables. Del otro lado del valle, casi a modo espejo, se ubicó el otro ejército enemigo de igual poderío.
A una señal, ambos comenzaron a avanzar para encontrarse en el mismo centro del valle. A unos metros de distancia las vanguardias se detuvieron para esperar la orden de los respectivos Generales y lanzarse finalmente a la batalla mortal. 
Pero para sorpresa de los miles de guerreros y sus jefes, se adelantaron los bufones de cada Corte y comenzaron, a viva voz, a discutir falsamente e ironizar, burlándose de los defectos de cada Reino y de esa manera develar las estúpidas razones que llevaron el conflicto hasta ese punto. Y aquellos miles de rudos hombres comenzaron a reír a carcajadas de las palabras de los bufones.
Fue tanta la risa que a los soldados se les fue el odio que le inculcaron sus jefes para «levantar la moral», como siempre hacen, decidiendo que no valía la pena luchar y menos arriesgar sus vidas por cosas tan risibles. Entonces los Reyes se vieron en la necesidad de suspender el estado de guerra y usar las tierras del litigio en beneficio común.
Y desde aquel día, a causa de los bufones, reinó la paz por lo menos hasta ayer, según supe de uno que vino de allá.

Cuentos serios de bufones IV

Por Pepe Pelayo

Érase una vez, hace poquísimos años y en un lugar muy cercano, que comenzó a suceder algo increíble. ¡Se había desatado una ola de robos a bufones!
 
Se conoció el fenómeno como “Trata de Risas”. Consistía en robarle la sonrisa, o la risa, o la carcajada a un bufón y venderla en Reinos donde muchas personas nacen sin ese don o lo perdieron en sus vidas, por lo que tratan de comprarla en el mercado negro.

Los risotraficantes, lamentablemente, proliferaron. Incluso se formaron Carteles de la Risa, como les llamaron, donde los capos recibían el botín y tomaban los “Ja, Ja, Ja”, los “Je, Je, Je” y los “Ji, Ji, Ji” (por suerte nunca pudieron robarle el “Jo, Jo, Jo” a Santa Claus), y los dividían en pequeños y solitarios “Ja” o en “Je” o en “Ji” y los distribuían entre los microtraficantes, los cuales les vendían esa mercancía a los desesperados agelastos (gente que no ríe). Mientras más franca y espontánea era la risa (con menos impurezas, como decían), más cara se vendía.

Y era casi imposible eliminar ese flagelo, porque muchos nobles, caballeros, guerreros y otras autoridades corruptas estaban involucradas en el negocio.

Era doloroso ver a los pobres bufones. Era triste contemplar sus caras sin risas. No sólo porque la alegría es su razón de ser, sino porque se veían ahora imposibilitados de contagiar a sus prójimos.

Y lo más penoso era que si esos compradores de risas lo pensaban bien, no tenían necesidad de llegar a tal extremo. Con seguridad, si los agelastos se los pidieran, los bufones compartirían felices sus risas con ellos.

NUESTRO COLABORADOR PEPE PELAYO EXPONE EN PORTUGAL

 

El 13 de septiembre se inaugura “Fhotochístesis”, la exposición de Pepe Pelayo que pasó por Miami (en Miami Dade College y Galería Emporium, febrero/marzo) y por el Museo Neruda de Isla Negra, Chile, posteriormente. La expo inicia las actividades del 15 Festival de la caricatura de Lousá y se montará en el espacio MOMO del Museo del Circo de Lousá. El organizador y curados de la expo es Osvaldo Macedo de Sousa, prestigioso historiador y especialista de humor gráfico portugués. El día 14 se realizará un conversatorio donde impartiré una charla “La importancia social del humor”, junto a Macedo de Sousa y un humorista portugués.

Pepe Pelayo

Érase una vez, hace poquísimos años y en un lugar muy cercano, que un bufón abrió la puerta de un salón del Palacio de la Villa.

Al entrar, con toda intención tropezó con algo e hizo una ridícula pirueta para no perder el equilibrio. Enseguida notó cómo un perro, echado sobre la alfombra roja, movía la cola varias veces seguidas y cómo un mono sosteniéndose con un brazo en la enorme lámpara del techo, se mecía y le enseñaba los dientes, chillando con alegría.

Como respuesta, el bufón soltó su especial “ja, ja, ja” y un loro desde su jaula colgada en un rincón del salón, imitó su risa.

Dos personas que se encontraban conversando, sentadas en sendos butacones de madera tallada estilo Savonarola y otra más, en uniforme, que les servía vino en una jarra de porcelana, ante la cabriola del bufón estiraron sus respectivos labios, formando una amplia sonrisa en sus caras.

El bufón se sintió feliz. Allí sí todos los seres vivos expresaban la risa que él siempre se empeñaba en lograr.

 

Entonces, contento y satisfecho, comenzó, en voz alta y con exquisita gracia, a contar finos chistes y a hacer ingeniosísimos juegos de palabras…

Pero aquel recital duró muy poco.Es que el perro, el mono, el loro y las tres personas se alejaron de allí serios y con sus colas entre las patas.

CUENTOS SERIOS DE BUFONES (II)

Pepe Pelayo

Érase una vez un bufón, hace poquísimos años y en un lugar muy cercano, que salió del Palacio a recorrer la Villa.

Se le había ocurrido caminar sin detenerse, regalándoles una sonrisa a cada uno de los aldeanos, campesinos, guardias, mercaderes o quien fuese que se le cruzara por delante. 

Todos, amablemente, se lo agradecían. Sin embargo, unos pasos más allá del encuentro, muchos guardaban la risa en el bolsillo. Otros la dejaban provisionalmente en un sitio, y después se olvidaban de ella. Hasta hubo varios que la estrujaron y la lanzaron lejos.

Al darse cuenta de lo que sucedía, el bufón se dijo: “si no valoran la risa regalada, entonces debo ponerle precio para que la valoren”. Y se instaló en el medio de la Plaza Principal a vender sus risas. 

La gente al pasar, curioseaba mirando la sonrisa espontánea, la sonrisa diplomática, la risa alegre, la estrepitosa carcajada y muchas más. Sin embargo, nadie compraba.

Más tarde, al averiguar el por qué de su fallido negocio, muchos le confesaron que no la compraban porque la risa era algo natural que no se debería vender. 

“Ni regaladas ni vendidas”, se dijo el bufón, “¿qué hacer entonces?”

Ahí tuvo una nueva idea. Por su influencia con el Rey, consiguió que se dictaran unos bandos para que la gente riera por obligación.

Salió otra vez a recorrer la Villa y observó cómo la gente solo reía al verlo, cambiando a la seriedad más profunda al continuar con sus quehaceres.

Sin dudas, aquello tampoco le satisfacía.

Cuentan que entonces el bufón tuvo la idea de abrir una escuela en la Villa, donde comenzó a educar a las nuevas generaciones, bajo el lema “La letra con risa entra”.

En eso está ahora. Esperemos a ver cómo le va.

Pepe Pelayo   

Érase una vez un bufón, hace poquísimos años y en un lugar muy cercano, que salió una mañana bien temprano de Palacio, porque se había hartado de intentar hacer reír al Rey y a su Corte día tras día, sin éxito alguno.

En la calle, algunos los pobladores de aquella Villa se dirigían a sus quehaceres cotidianos, bien serios, ensimismados, taciturnos. El bufón entonces los saludaba con una serie de cómicas genuflexiones, pero no obtenía ninguna reacción de la gente. Tocaba en las casas y cuando le abrían les hacía a todos morisquetas, acrobacias y pantomimas graciosísimas y les contaba cuanto chiste se sabía, pero los villanos se mantenían sin mover un músculo de sus caras.

El bufón entonces no pudo más y se rindió. “Esta Villa está gravemente hechizada”, se dijo y decidió marcharse y vivir lo más lejos posible, en un lugar donde no fuera difícil sacar risas, su razón de ser.

Cargando su bulto amarrado al final de un palo, que llevaba apoyado en su hombro, caminó hacia la salida del villorrio. De repente, se cruzó en sentido contrario con un niño. Un niño de carita sucia, pero iluminada, que sin detenerse, le dirigió una franca sonrisa.

El bufón se detuvo sorprendido. Miró hacia el horizonte y sus ojos fueron tomando de a poco un brillo intenso.

Dio media vuelta y regresó. Caminaba silbando y cada tres o cuatro pasos aprovechaba para dar una breve pataleta en el aire.

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