Una revista de humor sin muros

El cuervo soñador

Por Rodolfo Torres

¡Pobrecitos!, murmuro mirando hacia arriba, entre las muchas personas que deambulan por este parque. Y es que los árboles aledaños a la altísima torre de televisión berlinesa y a la Marienkirche, Iglesia de María, tienen las ramas desnudas de hojas, pero repletas de cuervos negros y parlantes y de la nieve blanca que no cesa de caer. Y todos ellos junto al mucho frío como es lógico. Y yo detenido ahora aquí abajo me conduelo de las pobres aves que quizás ya no sepan ni emigrar en busca de tierras cálidas… ¡cuando una de ellas cae como una piedra hacia mí! Pues me aparto con temor y rapidez, agachándome casi, pero a milímetros de mi cabeza aquella maldita parece recobrar vida porque aletea vigorosamente para regresar a la misma rama y entonar una especie de risa triunfal que las demás secundan en plan de burla. Esto me resulta increíble, pienso, aunque me viene a la memoria las veces que estas mismas aves se arman de palitos para extraer alimentos de envases casi cerrados. Son innumerables sus cualidades, entre las que destaca el amor a su cría y la valentía con que la defienden de otros seres que ni siquiera alcanzan el calificativo de humanos. Mas no dejo de mirarles, cuando descubro una cierta singularidad en la erguida manera de andar y de mover el cuello y la cabeza en momentos en que se dirige a otras criaturas a su lado para señalarnos y hacer alguna observación relacionada con nosotros, aquí arriba, aunque eso no nos importa porque seguimos divirtiéndonos de lo lindo por todo este parque con esos infelices allá abajo, quienes son incapaces de volar y por eso no pueden irse hacia tierras cálidas donde pasar el invierno… ¡Pobrecitos!

Un descreído del cielo ha caído en nuestro balcón

Rodolfo Torres

Estamos viendo en la televisión uno de esos estridentes programas de bailes porque no hay nada mejor cuando, a causa del cambio climático o vaya usted a saber, una repentina ventolera azota esta parte del mundo y somos testigos de cómo se desploma en nuestro balcón un individuo armado de par de enormes alas mitológicas. Nada de cuentos, que al menos yo lo descubro a través del cristal panorámico de la puerta de corredera por la que se accede a esta parte de la casa. Mi mujer no, porque esa ya no se conmueve con nada, pero yo sí que meto tremendo brinco a pesar de que ya no me creo los cuentos de aparecidos. Y por si acaso salgo armado del viejo bate de cuando mi hijo mayor jugaba béisbol, que lo tengo siempre detrás de la butaca en la que me arrellano a dormitar ante el televisor.
En fin, que ya estoy delante de un ser de lo más extraño y lo de menos es que sea mulato bastante oscuro, sino que su absoluta desnudez y su indefensión física y hasta moral se le descubre de solo pasarle la vista por arriba al pobre. Se ha posado en una esquina, acurrucado, de espaldas a la pared y lloriqueando como un crio al que se le ha perdido la mamá en un gran centro comercial.
Aclaro que yo soy de los que “piensa mal y acertarás” y se me ocurre que el tipo anda disfrazado de ángel para despistar pues, seguramente, ha venido saltando de balcón en balcón ya que es tremendo putañero, pero se equivocó metiéndose en el nuestro. Desde hace rato nosotros somos par de viejos que ni sexo tenemos; vaya, lo que quiero decir es que mi esposa y yo ya nos parecemos tanto el uno al otro que nadie es capaz de distinguir quién es “ella” y quién es “él”. Pero voy más lejos para que se vea el calibre con que dispara esta mujer mía, porque a mis espaldas y sin despegar el voluminoso trasero de su cómodo asiento reclinable, espeta de esta manera:
—¿A qué se debe ese apuro tuyo con el bate, si ya no sabes para qué sirve ni puedes usarlo?
¡Yo me vuelvo y la miro con una cara! “Pues mira tú lo que son las cosas de la vida”, pienso para mis adentros, “que lo usara si de alguna manera tú fueras otra”. Escucho entonces una risita que por supuesto no es mía y tampoco sale de los labios de ella.
Pero nada me desvía de lo que ya ocupa toda mi atención pues, lo juro, yo estoy absorto ante la visión del sujeto agachado en la esquina derecha de nuestro balcón cubriéndose el rostro a medias con las propias alas. Lo único que deja libres son los ojos que le brillan del susto y de una cierta burla agazapada en su interior. Se encuentra además tan desnudo, el pobre, como sólo pueden ir por ahí los verdaderos ángeles en el cielo y peor aún pues no trae ni uno de esos feos calzoncillos blancos de algodón y con patas anchas. Y como no tiene ropa, apenas las dos alas un poco maltrechas por la caída en medio de la ventolera, es que puedo verle el puñetero trozo que le cuelga, agachado como está, y la mitad de eso reptando por el piso de nuestro balcón.
¡Oh dios! Confieso que la envidia empieza a corroerme el hígado, pero me doy cuenta de que pudiera ser peor en caso de que mi mujer se asome y descubra el material que parece ser sobrante en este ser, si de alguna manera remota es lo que de pronto yo he empezado a imaginar porque en los dibujos y las esculturas los angelitos son cortiñangos, esa es la verdad. Pero no le meto cabeza a mi propia conjetura y me apuro a mejorarle un poco la posición de las plumas en las dos alas, bastante maltratadas en las puntas por efecto del inesperado descenso, quedando así oculta la notable indecencia de modo que mi mujer no vaya a comparar. Se sobrentiende, ¿no?
Aun así, yo no estoy muy convencido de cuán angelical sea este descendido y sin compasión lo remuevo por lo que vendría siendo el codo del ala izquierda. Suelta entonces un gemido que me enfría la sangre en las mismas venas. Comprendo que le ha dolido y no son postizas, además de que tiene voz, sabe emplearla y puede hacerse escuchar a kilómetros de distancia.
—No me obligue a gritar, que se darían cuenta de que yo estoy aquí y vendrían a buscarme— dice empleando un hilo de voz.
—¿Quiénes vendrían? ¿Está hablando de la policía? — inquiero yo en un tono razonablemente bajo, aunque por otro motivo, al tiempo que me inclino sobre la baranda del balcón para tratar de descubrir la posible llegada de los agentes del orden público.
—Quienes me persiguen no vienen de allá abajo, sino de allá arriba— indica señalando con su mirada hacia lo alto.
—¿Con quién estás hablando ahí? — pregunta mi esposa; este es el motivo que yo he querido obviar y me hago el sordo. Pero con ella no valen las sorderas, además de que se incorpora un tanto en el asiento para volver con la indagación. —¡Que me digas ahora mismo con quién carajo estás hablando ahí!
Escucho de nuevo la misma risita de hace un rato. Y veo un cambio en los ojos de la criatura acurrucada en la esquina, detrás de sus propias alas con plumas grisáceas. Son ojos que expresan más lástima que el miedo que han mostrado al inicio. Me veo en esos ojos negros como en un espejo que devuelve la imagen de un pusilánime, pero qué le voy a hacer al derrotero que ha tomado mi vida. Por este camino he venido y debo seguir hasta el final.
—Quítatela de arriba… — sugiere el extraño ser, sin abrir la boca. La verdad es que no me asombra ese tipo de comunicación porque la excelente idea que acaba de darme se sobrepone a cualquier otro pensamiento, y, sí, quitármela de arriba está muy bien. Pero a la vez recuerdo esa parte de El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry, en la que el chico es invitado por el rey de un planeta a que juzgue una rata, pero no la condene a morir porque es la única que vive allí y no tendría otra para seguir juzgándola. “Y yo tengo una sola rata”, pienso y no puedo aguantarme la risita. El emplumado ante mí me acompaña en esa muestra de alegría y comprendo que él es de los que lee los pensamientos. “Muy bien, para que mi rata no sepa con quien estoy hablando”, digo para los dos. Y vuelve a reír, con mirada cómplice.
—¡¡Acaba de decirme con quien estás ahí!!
“¿Qué me la quite de arriba…? ¿Cómo?”, y bajando mi cabeza, añado, “Ya no puedo hacerlo.”
“Oye, te aseguro que no es difícil hacer desaparecer a una persona…”
“¿Tú puedes hacer que ella desaparezca?”, digo a punto de saltar de la alegría.
“Sí, pero de una manera distinta a como lo imaginas porque en verdad no va a desaparecer, aunque va a desaparecer…”
“No entiendo.”
“Es fácil, la cambio por fuera o por dentro. ¿Por dónde quieres que te la cambie?”
“Espera, te confieso que me gustaría tener una mujer diferente. Vaya, que sea delgada y tenga buen carácter…”
“Perdóname, pero mis facultades me permiten cambiarla solo por fuera o por dentro.”
“Por dentro, por dentro…”
Y, poff, un relámpago divino da lugar a una perfecta damisela que pide permiso hasta para respirar, aunque manteniéndose dentro de la misma vulgar montaña de carne, huesos y sobre todo grasa, mucha grasa.
Suspiro, negando con los ojos cerrados y los labios apretados:
“Perdón, que sea por fuera.”
Otro relámpago la convierte en una belleza adorable, que al darse vuelta sobre el asiento frente al televisor agarra lo primero que tiene a mano y me lo lanza a la cabeza, acertándome de lleno.
—¡Acaba de responderme, pedazo de mierda! — Y como ya puede moverse con entera libertad, salta al suelo para acercarse a la puerta del balcón, la abre de un golpe de mano y pone los dos pies fuera. —¿Con quién carajo estás hablando aquí?
Pero el ser alado posee otra increíble facultad y que consiste en dejarse ver a voluntad y solo por quienes a él le interesan. Soy sin dudas uno de sus elegidos. Creo empezar a comprender que no ha volado hasta aquí de pura casualidad.
Percibo que mi mujer a mis espaldas se siente burlada y no frena su puño con el que me golpea donde antes me había estampado el cenicero. Por enésima vez, tengo deseos de trucidar su cuerpo ahora hermoso. Deseo aclarar que hasta este mismo instante no le he hecho nada feo por nuestros hijos, porque vienen a vernos muy de cuando en cuando y chasquean sus labios cuando la escuchan rezongar contra todo y todos, incluyéndonos a ellos y a mí. Otro de los motivos de que no la haya picado en trocitos es porque no tengo alma de asesino, aunque crezcan en mi interior las ganas de convertirme en el más sádico.
De pronto, una idea me asalta la mollera:
“Ya tengo la solución: ¡Cámbiame a mí por fuera y a ella la devuelves a su estado natural!”
Y ante la sorpresa de mi mujer, cual barril de manteca y de perversidad, soy otra vez como el hombre joven que cincuenta años atrás la enamoró con galanterías. Paso a su lado, teniendo ella la boca abierta del asombro, tomo el sombrero y salgo a la calle sin mirar atrás.
“Todavía no puedo creer que ese ángel haya venido a salvarme…”, pienso, alejándome.
“No lo creas, pues no ha sido así”, responden a mi lado derecho. Me vuelvo y puedo ver cómo toma cuerpo una vez más el mulato de las alas enormes y la larga picha bamboleante. “Fue pura casualidad que me escondiera en tu balcón, porque ando huyendo…”
“¿Por qué? ¿De quién?”
“Por culpa de lo que tengo entre las piernas…”, dice, cariacontecido.
“Pero…, ¡¿siguen usando eso allá arriba?!
“Allá arriba, aquí abajo y más abajo todavía… No hay nadie, ni nada que haya dejado de usar eso jamás. Mira alrededor la gran cantidad de personas y de bichos, reproduciéndose…”
“Aquí estamos vivos.”
“¿Y quién te dice que por allá arriba estamos muertos? ¡Estamos disfrutando!”
“Momento, momento. ¿Por qué o de quién huyes si estas disfrutando?”
Se vuelve entonces para mirar atrás, a los lados y hacia arriba.
“Es que no aguanto más la mecha a la que me han sometido…”
¿Quiénes, qué mecha?
“Los ángeles hembras, que han de llamarse ángelas, supongo, querían a toda hora.”
“¿Y de ellas estás huyendo y escondiéndote?”
“Si…”
“Pues a mí me gustaría hacerlo a toda hora, donde sea.”
“¿Quieres cambiar conmigo?”
“¿Podemos cambiar?”
“Naturalmente…”, y, poff, cada cual ya está metido en la identidad del otro. “Pero si quieres triunfar de verdad con esa herramienta de trabajo que te estoy legando, te aconsejo que vayas con mi piel o más negro porque es el color de moda allá arriba.”
“Perfecto”, digo yo. Y de dos fuertes aletazos me veo ascendiendo por entre nubes blancas que contrastan con el negro brillante de mi piel, al tiempo que por allá abajo se aleja desnudo del que fuera mi hogar quien una vez tuviera la tez mulata porque una gorda lo reclama con airados gritos como marido. ¡Habrase visto cosa más loca!

Por Rodolfo Torres

El gordo Anselmo Pérez, sesenta años de edad, una esposa, dos hijos, tres nietos, cuatro perros y el más increíble tic nervioso en el ojo derecho, ha decidido dejar este mundo. Y quiere hacerlo hoy mismo, mientras las inocentes gotitas del rocío humedecen las hierbas a la vez que el sol es un tímido bostezo en el horizonte.
Sin consultar a nadie más porque lo ha hecho cientos de veces con la vieja almohada, se provee de una soga para dirigir sus pies desnudos hacia el más remoto sitio en el monte, alejado del río y su puente. Ya aquí, busca un árbol grueso y que alguna de sus ramas espera él que resista la sacudida, a la vez que le permitan colgar los pies distantes del suelo para facilitar la tarea a las aves con las cuales pretende volar al cielo.
Anselmo anhela convertirse, además, en el hogar de por lo menos una generación de emplumados y alcanzar así la felicidad estando ya del Otro Lado. Por eso, se ha dejado crecer la barba y los cabellos en todas direcciones; y la verdad, parece un nido caminante en pos de los que le habitarán. Le salva la camisa blanca y el pantalón negro, con los que da la impresión de ser alguien menos desesperado.
-¡Ay si yo pudiera ver desde el Otro Lado cómo los pajarillos ponen sus huevitos en este cráneo mío!-, suspira a la vez que va agarrándose de las rugosidades del tronco para ascender a los gajos desde los cuales planea balancearse.
El gordo malvive aquejado de innumerables dolencias. Una de tantas se vincula a los siquiatras. “Cobran para arreglar nuestras vidas, pero nos las joden”.
De pie sobre la rama elegida, con el lazo al cuello y equilibrándose para no caer antes del momento preciso, recuerda cuándo visitó al afamado Henderson. Todos aseguraban que era un doctor diferente. Y sí que lo era porque ya en la consulta, Anselmo refirió su incomunicación con la esposa, los hijos y los perros. “Nadie me entiende aun cuando hable en alta voz y con absoluta claridad…”
“Discúlpeme, usted, pero debo ausentarme.” El siquiatra se fue a la habitación contigua y se escuchó una especie de motor -Zzzzzzt-Zzzzzzt- que no era motor. Regresó secándose las manos y pidiéndole que continuara:
El gordo siguió con que se veía obligado a elevar más aún su tono de voz, además de separar cada palabra para que todas fueran inteligibles. Pero no bastaba, según el parecer de los familiares y hasta de los perros…
“Discúlpeme, usted, pero debo ausentarme.”
Esa vez Anselmo sí que sació su curiosidad al meter los ojos por entre la juntura de la puerta para ser testigo de cómo el hombre esparcía una sustancia transparente en las sienes, encendía un aparato conectado a la red eléctrica y empezaba a oírse aquel Zzzzzzt-Zzzzzzt, a la vez que se armaba de par de cables cuyas puntas acercaba a su cabeza…
El gordo echó a correr. No deseaba uno de aquellos electroshocks.
Lo importante es que ahora, con el dogal al cuello y atado el otro extremo al mismo sitio donde está de pie, este hombre escucha un nítido sonido que le parece humano. Puede ser alguien llamando a un perro. Pero es absurdo pues él ha venido a lo más intrincado del bosque.
Permanece atento, con los ojos cerrados y la boca abierta para aumentar la capacidad de recepción. Y que ninguno de sus movimientos le delate en lo alto del árbol pues no quiere ser molestado en su sepulcro al aire libre…
Pero como nada indica la real existencia de lo que originó aquel sonido, Anselmo cierra sus ojos, aprieta los dientes y se deja caer… con tan mala puntería que una fuerte ventolera rompe el gajo para impactar de lleno sobre una pacífica recolectora de hongos y su fiel compañero cuatropatas, a los que él no ve pues aterrizan todos entre hierbas y piedras.
De panza contra el suelo y sin recobrarse de la sorpresa, el gordo bracea desesperado entre ramas y hojas rotas cual si nadara en las agitadas aguas que lo arrastran todo en las crecidas. Quiere hacerse de una mejor posición pues, aun cuando jamás diera crédito a la vieja idea del infierno y el paraíso, está sin embargo persuadido de la existencia del Otro Lado que ya “saborea” pues así lo imaginaba: tierra, piedras, árboles, cielo, animales mansos y muchas frutas, como lo dejado atrás aunque la temperatura de aquí sea algo diferente …
Anselmo sigue braceando. Y tropieza con la cesta de paja llena de setas de distintos colores y tamaños, como las compradas por él en cualquier mercado terrenal. Queda mirándolas, estupefacto, sin comprender pues algo no cuadra aquí. Son hongos demasiado reales para hallarse en este Otro Lado y, la verdad, no cree que tales alimentos pudiesen recogerse en un bosque tan espiritual como este…
Sigue esforzándose entre ramas y hojas con el propósito de ponerse en pie, pero choca con los cuerpos de la anciana y su perrito: “¿Qué hacen estos dos, aquí?”, inquiere, incrédulo. “¿Arribaron en el mismo vuelo?” No puede creerlo, pero están a un palmo de su nariz.
El gordo tiene miedo. Acaba de llegar a este Otro Lado y lo primero que le ocurre es tropezar con otros dos, que han de ser tan etéreos como él. Verdad es que él se siente pesado pero así ha de parecerle a cada cual, consigo mismo, al momento de trasponer la Puerta. Mas, para fortuna suya cuenta con la curiosidad innata, de modo que extiende el brazo derecho para tocarlos primero con esa mano; no se conforma y ahora lo hace con las dos. Termina removiéndolos, y piensa: “No llegaron completos como yo”.
Pero el “bichito” que lo induce a investigar le crea cierta duda que se agranda y esta le hace pensar en que quizás no se fue a ninguna parte. Viene a confirmárselo el fuerte olor de sus propias axilas, porque no es posible que de alguien convertido ya en sutil espíritu mane tan aberrado tufo.
La tristeza invade a Anselmo. Se desmorona moralmente. Aunque la fuerza de voluntad nacida del tremendo deseo de irse al Otro Lado le obliga a ser como cualquiera en la realidad de Este Lado, con igual código ético. Y esto le apura a acercarse más aún a aquellos dos para pedirles que se levanten. Los hala por manos y patas exigiéndoles que respiren y se muevan. Pero ve con sus propios ojos cómo la vida abandona los cuerpos todavía calientes. Suma así otro motivo a su larga lista por la que quiere abandonar Este Lado.
“Antes yo era viejo y llorón, que ni los perros comprendían… si me miraban a la cara”, reflexiona, pesaroso. “Sigo siendo un viejo llorón y ahora un asesino”. Y luchando entre ir a la policía o abrir un hueco para enterrar los cadáveres, termina por alejarse en sentido contrario. “Van a creer que yo los maté y al final no podré hacer lo que me da la gana con mi propia vida.”
Anselmo regresa al hogar donde ha vivido con su familia y, poniendo cuidado en no delatar su presencia ni ante los perros, abre la puerta trasera con la llave colocada bajo un tiesto de barro como en los filmes de Hollywood. Va al garaje en el que casi todo el espacio lo ocupa el viejo auto, lo abre y saca de la guantera un revólver de cañón corto cuyo tambor gira bajo la presión de sus dedos. Confirma que está cargado y ya se retira en la dirección del río.
Resuelto, el gordo se dirige al puente aunque su objetivo no es el viaducto sino el sitio de contacto con la tierra, debajo de una de las cabezas. Es el mejor lugar por lo ruidoso a causa de tantos vehículos transitándolo, sin dejar de ser apartado. ¡Y ha de apurarse pues el sol viene encendiéndolo todo a su paso!
Ya aquí, sudoroso por la carrera, el gordo extrae de su bolsillo y a la luz del amanecer el artefacto de metal que brilla en sus manos con vida propia, cuando en verdad es inanimado pero capaz él solito de destruir cualquier signo de vida. Y tenso aunque de aparente calma, se lo lleva a la sien. Oprime el gatillo. Sobreviene el estallido…, y cae hacia atrás víctima de un inexplicable resbalón de los dos pies sobre la hierba quedándose parcialmente sordo por la descarga pegada a su oreja derecha, al tiempo que de allá arriba se precipita un hombre con la vara de pescar, la gorra de color rojo colocada al revés en la cabeza y el cigarrillo en la comisura izquierda de la boca, que se apaga al hacer contacto con el agua como el mismo hombre.
El alboroto sobre el puente enciende las alarmas. Muchos por allá arriba exclaman que el asesino anda descalzo por acá abajo y que viste pantalón negro, sucia camisa blanca y descuidadas barba y melena… Todo eso y más aún escucha Anselmo, a la larga sobre la hierba, por lo que se apresura en incorporarse con el arma en la mano derecha. Y al darse cuenta de que la empuña todavía se apura a lanzarla en el agua para echar a correr hacia una de las dos escaleras que conducen a lo alto. En verdad no sabe qué hacer.
Va mirando a los lados y atrás, por miedo y automatismo, cuando descubre la roja gorra de la víctima que el viento trae a sus pies. Se agacha para tomarla y, sin detenerse a pensar, recoge los cabellos hacia arriba hasta ocultarlos bajo la misma. Y al tiempo que asciende por la escalera cercana, va despojándose de la camisa además de remangar las patas del pantalón en cada escalón. Ya es otro Anselmo aunque siga siendo el mismo Anselmo que no ha dejado de querer irse al Otro Lado.
Avanza con ojos desorbitados pues no entiende de qué diabólicas artes se ha valido el Tiempo para hacerle fallar dos intentos. “¡Al fin y al cabo es mi propia vida y yo hago con ella lo que me da la gana!”, grita al viento y alcanza el puente con el único propósito que lo alienta a seguir. “¡Que nadie me defienda de mí mismo!”
Miedoso de que le descubran como la persona que manipuló el arma, el gordo se cuela entre quienes corren sin dirección alguna, aunque gritando todos que decenas de criminales disparan sobre los seres humanos indefensos… De pronto, par de adolescentes le cierran el paso acusándole de ladrón y con deseos de golpearle. Él se lleva una mano al pecho, en gesto interrogante, con la intención de expresar que en todo caso es un loco estúpido que por su deseo de terminar con su vida ha arrebatado sin embargo la vida a otros tres seres.
Pero uno de los jóvenes impide que Anselmo abra su boca al abalanzarse para arrebatarle la roja gorra, gritando que pertenece al padre de ellos porque ellos dos se la regalaron y la conocen bien. Aunque ya en sus manos, el primero la suelta aterrorizado por lo que ve en ella. El otro joven se agacha a recogerla y descubre, incrédulo, el agujero acompañado de sangre, de cabellos y de una sustancia que de ninguna manera puede ser sangre.
Se unen ahora los hermanos para hurgar, recelosos, en el cráneo del gordo separando la revuelta masa de cabellos y confirmar lo que ya pensaban: que este hombre no está herido, la sangre en la gorra no es suya, tampoco los cabellos, ni lo que no es sangre.
Se les ve pensar con intensidad, con dolor reflejado en las miradas que a cada segundo se vuelven más y más homicidas, hasta que empiezan a golpear el rostro del anonadado Anselmo, quién no levanta sus brazos para protegerse aun cuando quisiera referirles lo ocurrido sabiendo a la vez que ninguno de los dos le creería, cuando en un chispazo descubre él cómo podría lograr su más oscuro propósito, se aparta de modo violento de los muchachos y corre hacia la baranda del puente para trasponerla de cabeza en un vuelo hacia el Otro Lado usando el agua allá abajo como puerta de escape y le desaparezca el caudaloso curso.
Pero en el eterno a la vez que rapidísimo instante del salto hacia el río ve cómo su tragedia personal se agranda porque jamás entra en la poderosa corriente fluvial, sino que protagoniza un brutal encuentro con el conductor de una lancha con motor fuera de borda al destrozar la armazón ósea al hombre, aunque hubiera sido un pacífico ser humano amante de la velocidad, el sol y el viento y que vivía ajeno a la desdicha de un gordo incapaz de comunicarse con su familia, ni con sus perros.
De cabeza y con las desnudas piernas al aire, en la embarcación, Anselmo acopia serenidad para mejorar la postura y se da cuenta de que el ocupante original tiene roto el cuello y no moverá nunca más ni un dedo. Por eso, desliza el cadáver al agua y ésta se lo traga en rápido burbujeo ante numerosas personas que le señalan escandalizadas sobre el puente. Al mando entonces, acelera el motor para poner proa hacia esa parte de la ciudad en la que se encuentra el cementerio relativamente cercano al río porque acaba de concebir un mortífero plan. “¡Qué nadie me impida lograr el más preciado anhelo!”
Es tal la velocidad que la parte delantera de la lancha se alza sobre el agua, como si quisiera levantar vuelo. Y ya con el firme a la vista, alterado su semblante por la emoción, el gordo embiste la tierra seca sobre la que echa a correr chorreando agua a través de las calles todavía despejadas aunque el día esté empezando a instalarse.
Él conoce la dirección exacta del camposanto. Entra sin vacilar porque sabe dónde y qué buscar. Y en efecto, a un lado de una de las callecitas laterales halla una fosa recién cavada a la espera del inquilino eterno. Y sin pensarlo siquiera, poniendo cuidado en que nadie le vea en la acción, salta dentro para acostarse bocarriba, con los ojos cerrados, al tiempo que arranca tierra fresca de abajo y de los lados para cubrirse en parte.
Y estando ya en la cómoda posición del reposo que ambiciona, Anselmo va percibiendo poco a poco la fría presencia que lo congela de la raíz de los cabellos en el cráneo a las uñas de los pies desnudos.
“Anselmo, eres tonto”, escucha aquí abajo. “Me has hecho trabajar como nunca.”
-¿Ehhhh? -tartamudea él.
“He debido ingeniármelas cada vez para que tú salieras vivo, pero llevándome a otros que no estaban en el plan.”
-Pero si yo quiero desaparecer.
“No, Anselmo. Hasta hoy mismo tú estabas en mi lista para dentro de diez años…”
-¿Qué significa eso, por favor?
“Que querías irte sin contar conmigo y te retrasé la ida para dentro de cuarenta años.”
-¡No, no, no, no, por favor, no me haga eso!
“Eso ya es un hecho, así que ve saliendo de este sepulcro.”
De repente, allá arriba, el cielo torna a un azul tan diáfano que dan deseos de saltar sobre la hierba y respirar a pulmón pleno.
“Ah, y te aconsejo que no hagas más señas con tu ojo derecho, mientras hablas, porque incluso los perros creen lo contrario de lo que dices y naturalmente que no te entienden.”

LA VIDA SIGUE…

LA VIDA SIGUE…

Rodolfo Torres

El lúgubre tañido de campana anuncia la medianoche matizada por el amarillo fantasmal de la luna. Y a Mario le sorprende estar de pronto sobre un montículo de tierra esponjosa, aunque lo peor es que sienta helados sus propios pies y no sabe por qué… Prueba a mirárselos a pesar de las tinieblas y la mandíbula se le cae del asombro.
¡Pero si es que ando descalzo! ¿Cómo es eso?
Mario no sabe si está despierto o sumido en la más desagradable de las pesadillas porque se ve a sí mismo sentado en la tierra húmeda cuyo olor lo inunda todo. Cree ver además plantas acabadas de sembrar aquí mismo, donde él se encuentra, pero ya cubiertas de flores.
¿Resembradas? ¡Qué raro! ¿Para qué alguien pasó ese trabajo?
Piensa y piensa y “algo” en lo que piensa le paraliza del miedo. Por eso, se esfuerza en volver su cabeza para encontrar cualquier signo de vida palpitante del que pudiera agarrarse y sentirse vivo de alguna manera, pero el silencio y la quietud han sometido este pedazo del mundo.
De repente, su pulso se acelera. Ha percibido movimientos en lo alto del campanario cercano, desde el que se escucharan los repiques, y eleva la mirada para descubrir el aleteo de una lechuza. Puede que haya cazado un ratón o algo más grande y celebre su banquete, especula él, calmándose. Y suspira a la vez que se pasa la mano por el pecho.
Pero el temor vuelve a instalarse bajo su piel, erizándole los pelos de la nuca a la rabadilla. La razón del susto se halla a solos dos metros a su lado derecho. No puede mirar hacia allí, aunque lo hace de reojo y le parece que alguien como él, también descalzo, permanece sentado en otro montículo de tierra fresca y en medio de plantas recién sembradas.
¡Increíble!
Aquel otro sí que observa a Mario y hasta lo saluda con cierta deferencia, como si le conociera. Él no responde pues se niega a creer que ésta sea la realidad y, agachando su cabeza, cierra los ojos para frotárselos y de todas maneras despertar. Pero la visión masculina no solo no desaparece sino que se acentúa al ponerse en pie y avanzar hacia él.
Esto es una pesadilla, una pesadilla, una pesadilla, repite Mario en alta voz al tiempo que aprieta los puños para cubrirse los ojos, sin despegar las nalgas del montículo de tierra fresca. Una pesadilla estúpida.
Ninguna pesadilla, Mario, sino la amarga realidad, dice la voz ante él.
Y el pobre hombre no se atreve a ponerse en pie, menos aún descorrer los párpados para ver quién le dirige la palabra y encararlo, aunque ya le ha reconocido por la voz.
¿Sabes dónde nos encontramos, Mario?
No lo sé y no quiero saberlo, niega él, terco como siempre.
Estamos en el cementerio. Tú y yo estamos muertos.
¡No es verdad! ¡No puede ser verdad! ¡No quiero que sea verdad!
¿Pero es que acaso no te acuerdas de lo sucedido? Tú chapeabas el patio de tu casa con el machete…
La palabra machete desatasca lo que Mario trae dentro y le empuja a ponerse en pie para también obligarle a descorrer sus párpados. Descubre entonces a su vecino y compadre Ramón, quién le mira con los mismos ojos calmos de toda la vida.
¿Cómo hacemos a partir de hoy, Mario? Ramón se detiene un instante. ¿Nos obsequiamos los buenos días de siempre o que sean malos o ni siquiera nos miramos…? Porque vamos a ser vecinos por toda la muerte.
¡No me dirijas la palabra como si nada hubiera ocurrido!
Mario, por favor, no fui yo quien inició esta pelea fatal.
¿Ah no? ¿Y quién me apuñaló el corazón por partida doble?
Te aclaro que lo hice una sola vez y en defensa propia pues tú corrías hacia mí con el machete en alto, gritando, agresivo…
¡Apuñalaste dos veces mi corazón y una de ellas fue en el patio!
Reconozco la del patio…, expresa Ramón, abatido.
Sí, como que fue la mortal, aunque la otra no dejó de matarme con igual contundencia.
Discúlpame, compadre, que me sienta responsable de una de tus heridas y porque pretendías matarme con ese machete…
¡Pero si yo no lo levantaba contra ti!
¿Y qué me dices de tu cara transfigurada, con ojos de locos, que fueron los que me asustaron de verdad?
El machete no era contra ti, Ramón, sino contra una avispa que quería picarme porque yo soy… Mario hace una pausa, sus hombros caen y se le escapa el aire ante la innegable realidad: Yo era alérgico a picadas de avispas y de abejas y quería eliminar aquélla…
No había ninguna avispa, Mario.
Sí que la había, Ramón, pero tú solo veías el machete y sin motivos reales clavaste el cuchillo en mi pecho y como yo me sentía morir por tu culpa pues lancé el machetazo a tu cuello…
Mario, se te olvidan tus palabras homicidas en el mismo patio y por eso yo veía únicamente el machete…
Sí, discúlpame que yo gritara que iba a matarte por incitar a tu hijo contra mi hija. Mario baja el tono de su voz. Pero esa fue la puñalada que más me dolió.
Compadre, yo no intervine en los sentimientos de los jóvenes.
Sí que lo hiciste, Ramón, y te recuerdo la vez en que estando ellos presentes dijiste que harían una pareja muy linda…
Pues te confieso ahora, sobre estos sepulcros nuestros, que cuando estuve a solas con mi hijo le hice jurar que tendría que mirar a tu hija siempre de lejos y como a una extraña, pues él debía asegurar un mejor futuro… Durante años le machaqué con lo mismo.
Ramón se acerca a Mario para hurgar en sus ojos transparentes:
¡Por eso yo estuve en lo cierto al haber gritado en el patio, para que todos me escucharan, la orden a mi hija de no relacionarse con tu hijo y así pudiera tener ella un futuro brillante, porque él no estudia ni trabaja!
¡¡No sé de cuál futuro hablas!! ¡¡Tu hija tampoco estudia, ni trabaja!!
El elevado grado de calor en la quieta y húmeda atmósfera estalla casi en incendio de voraces llamas, pero a tiempo callan los difuntos pues saben que serían consumidas hasta las cruces de madera con sus nombres y apellidos y serían borrados de la faz de la tierra. Por eso, de pie sobre los montículos y dándose las espaldas como enfurruñadas criaturas tras el berrinche, pasan revista a recuerdos de una amistad “indestructible”:
Mario y Ramón parrandean, juntos, cada día, para reír
Y porque pare la esposa de Mario, brindan pues con todo
Ramón “fabrica” un nombre distinto para la hija del otro
El vecino dibuja a dedo “Oiram” en la barra húmeda y ríen
Es Mario al revés y brindan con más risas y más abrazos
Éste desea “pagar” al amigo cuando su varón llega un día
Y en la húmeda barra crea “Nomar” a partir de Ramón
Son hermanos etílicos cuyos aposentos la muerte respetará
Porque borrachos deciden avecinarse en sepulcros sin cavar
De repente, escuchan pasos y susurros de seres vivos que han entrado al cementerio. Se acercan a estas sepulturas todavía frescas y Mario y Ramón se mantienen a la expectativa tratando de ver quiénes son. Es una pareja de jóvenes que, tomados de las manos, vienen con pares de zapatos en las manos libres y susurrando como si no quisieran despertar a los “dormidos”.
(¿Tú crees que sea verdad lo que nos dijo el espiritista?)
(Sí, que a las doce de la noche viniéramos al cementerio…)
(¿Pero tú crees de verdad que ellos puedan oírnos?
(Hagamos la prueba. Tú te paras ante esa tumba y yo ante ésta.)
(Papá, soy Oiram, perdóname…), dice ella.
(Papá, yo soy Nomar, perdóname tú también.)
Y a dúo, como discurso ensayado, dicen así:
(Venimos a que nos perdonen por el amor entre nosotros dos.)
Los difuntos morirían una vez más, ahora de la rabia, pero previendo el malestar habían regresado poco antes a las profundas fosas donde les colocaran y allí se mantienen quietos y estirados. No soportan más dolores.
(Gracias, papá), dice la joven.
(Gracias, papá), dice el joven.
Y se inclinan para abandonar los dos pares de zapatos sobre la tierra.
(El día de la gran borrachera en el patio, antes de que esgrimieran el machete y el cuchillo, ustedes se los tiraron con risas por las cabezas y con risas pidieron “irse” descalzos, como mismo vinieran al mundo…), aclara Nomar.
(Ahí los tienen, para que no se les enfríen los pies), dice Oiram.
Y ante la pesadumbre, con mezcla de satisfacción, Mario y Ramón se apuran a meter los pies de humo en unos zapatos de vivos, mientras ven cómo los jóvenes se alejan  tomados de las manos.

 

Todavía estoy en shock. Confieso que mi primera reacción fue reírme como un loco, pero pronto volví a la seriedad porque me di cuenta de que detrás de las llamadas telefónicas escuchadas lo que había era tremenda soledad acompañada de una fuerte dosis de timidez con mezcla de complejo de inferioridad. Y eso fue por arribita, lo primero que se me ocurrió. Al final, he visto que los dueños de las voces masculinas eran dignos de lástima.

Estoy hablando de un reportaje londinense emitido en horario no estelar en la televisión alemana en el que no había el menor atisbo crítico hacia las viejas gordas y tampoco hacia las muchachas de pocos encantos, pero todas ellas sugiriendo ciertas “acciones” con voces aterciopeladas y ejercitadas para la especial labor que ejecutaban. Los objetivos de las masturbadoras telefónicas eran las desconocidas orejas masculinas al otro lado de la línea, las cuales pagaban un elevado precio por la placentera llamada, la cual perseguía en verdad disipar en algo el angustioso desamparo.

El asunto no se enmarca en el ejercicio de la prostitución si nos atenemos a lo que dice el diccionario pues define esta última palabra y su acción de la siguiente manera: “m. y f. Persona que mantiene relaciones sexuales a cambio de dinero.” Y es cierto que hay dinero de por medio pero no la conocida relación sexual directa o sea la carnal, lo que se sobreentiende. De lo contrario debería reescribirse la definición y quedaría así: “m. y f. Persona que mantiene relaciones sexuales carnales y/o auditivas a cambio de dinero.”

En fin, que hay empresarios muy avispados en el mundo que corre, quienes descubrieron un nicho en los muy íntimos y personales deseos no satisfechos de un sector social –tímido, inseguro, solitario, etc.– y han pornografiado las líneas telefónicas para complacer esa demanda y ganar no poco dinero en ello. ¿Cómo hacen? Pues anuncian un número de teléfono que funciona a la manera de una centralita y al entrar una llamada dan paso a ésta hacia una de las tantas “prostitutas” que en ese momento está tejiendo o cocinando o paseando o incluso atendiendo visitas en sus hogares. Acciones paralelas que pudimos ver en el reportaje.

No es muy distinto de quienes practican sexo con muñecas y hasta se hacen acompañar de ellas. Vi por ejemplo un reportaje hecho en Japón donde había una muy surtida tienda de todo tipo de juguetes sexuales y sobre todo de grandes y lindas mujeres de goma. Una de éstas era la acompañante habitual de un señor, quien la llevaba al bar, de vacaciones y hasta para la adquisición de prendas íntimas de cortes muy eróticos. Recuerdo que la conducía en una silla de ruedas y las personas recibían al hombre y le hablaban con mucha naturalidad. Por supuesto, ella era la “esposa” imposibilitada de caminar.

Una de mis amigas –cubana inteligente y residente en cierta ciudad europea–, decidió un día probar suerte en el asunto de las llamadas telefónicas y se apuntó como “cartomántica” por lo que empezó a echar el Tarot. Me contaba que su teléfono jamás paraba de sonar. Eran cientos de consultas. Supo así de historias risibles y otras capaces de desgarrar los más duros corazones. Le sugerí que escribiera un libro, aun cuando supiera muy bien que ha de tenerse piel de elefante para soportar la andanada de seres humanos desquiciados –lo que no está mal una vez–, pero revivirla en un escrito pudiera ser insoportable.

Y bueno, quiero pensar que es porque trabajamos tanto que no tenemos tiempo para relacionarnos entre nosotros mismos, lo que nos conduce al lamentable callejón con salida a la trasera puerta de la aventura solitaria, aunque al otro lado de los numerosos pórticos existan muchas otras personas necesitadas y dispuestas a compartir. Es tan diversa la naturaleza humana, que por momentos mete miedo. Y eso que una de las “meretrices”, gorda y vieja, rodeada de amigas que mordían almohadas para conjurar las carcajadas y lloraban de tanta risa, decía así: “¿Tú fumas…?  ¿Tienes un cigarro en las manos…? Ok pues sácalo y agárralo ahora…, si, agárrate ese cigarro porque vas a encenderlo ahora… Sí, primero vas a encenderle la punta… Así, así, así, ahhhhhh…”

Rodolfo Torres

Disfrutábamos de un raro filme que no clasificaba entre los flamantes de “patá y piñazo”, y en el que tampoco actuaban brujas eróticas o zombis gay y ni siquiera apuestos Frankenstein con claveles en las solapas cuando, para sorpresa nuestra, el “verano” entró volando que se mataba en el apartamento y dijo: “¿Me esperaban? Pues aquí estoy…”

Lo que ahora cuento ocurrió en la tarde del apacible domingo pasado, convertido de pronto en revolución loca. Y todo porque era la primera vez en meses que dejábamos abierto el balcón por el solecito insinuándose entre nubes. Aclaro que el invierno se había alargado más de la cuenta y el frío ya nos dolía en los mismísimos huesos…

Hasta que la madrugada anterior, todavía en la cama, escuché el graznido de los gansos salvajes a mucha altura anunciando su retorno de las vacaciones estivales. Pensé entonces que al fin podría salir en bermudas, como hago cada vez que sube un poquito la temperatura en esta parte del mundo. ¡Pero todavía no, por lo menos la tarde del domingo que veíamos el filme!

Había razones para ello porque el “verano” que llegó a través del balcón era pequeño, no muy plumado y con miedo. Tanto miedo que no dejaba de revolotear y allí donde se posaba un instante las alas le colgaban, cansado quizás, brillándole los ojos negros como luces nerviosas que giraban sin cesar. Tenía alguna dificultad o le había ocurrido un percance.

Debíamos hacer cualquier cosa pues se mataba contra las lámparas. O íbamos a ser nosotros los infartados porque rompería las “caratijas” traídas de cualquier lugar de este mundo. Nos armamos entonces de un colador plástico para espaguetis y de mucha paciencia y esta última fue la más usada, por todo el apartamento, durante minutos que parecieron horas.

Mi esposa iba con el colador gris y yo con un paño de cocina, a cuadros. Ella pretendía amansarlo diciéndole: “¡Puchi, Puchi, Puchi!” Y yo me arrastraba de la risa pues recordaba al minion Bob propinando palmaditas a la cabeza de la rata acabada de adoptar en una cloaca; la infeliz no podía zafarse del abrazo y, cariacontecida, aceptaba el cariño.

En fin, lo cazábamos en la cocina cuando empezamos a oír la melodía indicadora, en el filme, de que el hombre y la mujer se unían evadiendo así las trabas morales y sociales creadas por los seres humanos; fue el momento aprovechado por mi esposa para poner el colador bocabajo y en el exacto lugar; solo entonces respiramos aliviados pues nada estaba roto, el “visitante” se encontraba a salvo y el conflicto sentimental en el televisor era ya historia.

Me tocó a mí meter la mano derecha para sacar aquella vidita, cuyo corazón bajo mis dedos saltaba por entre las plumas que no eran como las de una golondrina, sino verdosas y el pico de negro intenso. Y tomándolo con cuidado, me lo acerqué a los ojos. Él cerró los suyos, creo que temiendo lo peor. Posiblemente se encomendara a la divinidad de las aves, diciendo así: “Oh Dios Plumado, te suplico que este grandote no me trague de un bocado”.

Echamos en cambio agua en un platico y, en otro, de las semillas destinadas a las aves que en cada invierno colocamos en el interior de una casita de madera siempre lista en una esquina del balcón para que las pobres tengan de qué alimentarse. Salimos entonces, yo con el “visitante” en una mano y mi esposa detrás, con las vasijas. Pero era demasiado fácil…

Sí, porque el pajarito saltó al aire y entró de nuevo en el apartamento. Así que otra vez a esgrimir el colador y el paño. Le cazamos con el mismo cuidado y de vuelta al balcón. Apenas le soltamos para que disfrutara de la libertad, la comida y el agua… volvió a entrar. Pensé: “Este tipo quiere de todas maneras vivir con nosotros sin pagar alquiler”. Lo cierto era que su corazoncito no iba ya tan aprisa como al principio, no sé si por cansancio o domesticación.

Apresado una vez más, salimos, cerramos esa vez a nuestras espaldas y al abrir mi puño el pajarito terminó de “pie” en el agua del pozuelo. La líquida sensación le haría recapacitar pues saltó al tubo de metal que remata el borde superior del muro en el balcón y permaneció otro larguísimo rato contemplando el amplio panorama desde el quinto piso donde vivimos.

Yo miraba en redondo ante la probable presencia de un halcón pues algo le empujó hacia el apartamento, pero nadie ni nada. Y me acerqué poco a poco, por su derecha. Él torció la cabeza para mirarme a menos de medio metro. Estaba viéndome, sin dudas, y empezaba a valorarme a mí y su propia vida. Llamó mi atención que la cercanía de una persona no le hiciera volar de inmediato, por lo que me animé a acariciarle.

El roce de mi dedo hacía que hundiera la cabeza en los hombros, cerrara los ojos y se “erizara” a medida que avanzaba hacia la cola. Lo hice varias veces y respondía de igual manera. Observé entonces cómo recogía las alas y ya no colgaban lastimeras. Parecía que hubiera cobrado conciencia de su importancia personal o pajaral, mejor dicho, entre los que eran como él en el cielo y los árboles. Así pues, sin un gracias por el apoyo, tampoco un adiós chiquitico y ni siquiera una simple mirada de despedida, el “visitante” voló y se perdió en la arboleda. Es verdad que una golondrina no hace el verano, pero el lunes había tremendo sol.

Rodolfo Torres

Acaba de ocurrírseme un argumento absolutamente inédito, destinado a esos audaces productores que se buscan directores audaces y en el que intervienen un Bueno que es muy pobre muy pobre y un Malo que es muy rico muy rico y se desafían a muerte montones de veces hasta que, al final, triunfa el… No, no se preocupen que no voy a adelantar el desenlace.

El arranque del filme, esto es ya desde la primera toma, tiene que ver con el enfrentamiento entre el Bueno y el Malo y cuando este último apuñala repetidas veces y por la espalda al héroe de la cinta obligando a los espectadores a levantar los pies porque la sangre les salpica a lo largo y a lo ancho de una escena repleta de la más atroz e inenarrable salvajada.

Y cuando los espectadores están abrazándose unos a otros para contagiarse el miedo, ese instante lo aprovecha el Malo -que es sádico hasta la médula de los huesos- para arrastrar al Bueno al borde de un profundo abismo, habiéndole inyectado antes un fuerte veneno, ametrallado de arriba abajo y de derecha a izquierda hasta crear una cruz de plomo, colgado par de granadas listas ya para estallar, despedazado el cuerpo con una afilada hacha de carnicero y rociado gasolina y prendido fuego.

Lo que no sabe el Malo, que sí domina el director del filme aunque por momentos no lo parezca, es que el Bueno ha enviado a su doble al lugar del crucial choque y donde el infeliz sufre lo acabado de narrar. Pero ni al director ni al Bueno les importa poco que el otro padezca los atropellos, sino que cada espectador grite aterrado, además de que disponen de sesenta y nueve dobles y pueden hacerse papilla en fila india, que para eso les pagan.

Entonces, como por arte de magia o por la torcedura cinematográfica de que se vale el director, el Bueno aparece sonriendo y con sus brazos cruzados, en primer plano y a espaldas del Malo, en momentos en que éste se limpia a manotazos aun al borde del abismo y deleitándose con lo acabado de hacer: que corra líquida la sangre roja; que mate el mortal veneno; que queme el fuego caliente; que corte la afilada hacha con la que ha dividido las postas…

En ese mismo instante, el Bueno, con sonrisa en la que brilla su calva lisa y sobre todo en la característica pose atlética para que los espectadores disfruten de los tremendos bíceps y de la plana barriga cual tabla de planchar, digo, en ese mismo instante, el Bueno silba para que el Malo se vuelva desperdiciando así la oportunidad de atizarle una patada en el occipucio o empujarlo al abismo o dispararle a mansalva o lo que sea… Pero hay un motivo.

El caso es que el Bueno es tan Bueno tan Bueno que ya desde la primera toma muchos espectadores sufren por él y algunos suspiran, al tiempo que otros dicen que es un mentecato disfrazado de héroe y lo único que merece en un puntapié en las colgantes y peludas bolsas (si dispone de ellas) para que desaparezca de una vez y se quede en la película el único que asesta golpes con las manos y los pies. (Pero, perdón, alguien tiene que recibir los manotazos, ¿no?, o no habría filme.)

En fin, que el Malo-Malo se voltea hecho una furia para embestir al Bueno-Bueno poniendo en práctica la técnica de karate número siete, pero se lleva la gran sorpresa (como los espectadores y el director del filme y hasta el mismo Bueno-Bueno) porque este otro se saca de la manga la técnica de karate número ocho y hace del Malo-Malo una albóndiga tipo buñuelo de mil roscas…

Pero como el Malo-Malo es muy rico y se alimenta bien, pues los golpes no le impiden apurarse hacia su lujoso Bugatti Chiron, de color amarillo intenso, que arranca a mil. Mientras, el Bueno-Bueno es tan pobre que apenas se alimenta, por lo que acostumbra ir por ahí con la barriga vacía y esto le hace más ligero en la persecución dentro del baratísimo Lamborghini modelo Huracán, color rojo brillante, y cuyo motor hace que el auto rompa casi la barrera del sonido.

Comienza entonces la más chiflada carrera en la historia de los filmes “Patá-y-Piñazo”, lo que se puede ver a través de las cámaras instaladas dentro y fuera de los vehículos, capaces a su vez de que a los espectadores se les revuelvan las cabelleras y las bocas se les llenen de aire y los labios se les estiren a la vez que la tensión aumenta porque se escucha el disparo de un arma automática y cómo el proyectil pasa chuing!!! cerca de la oreja derecha del Bueno-Bueno, quien se echa a un lado y mira hacia atrás para verle el culo a la bala que se aleja echando chispas, la pobre.

“Esa agresión sí que es mortal”, dice el Bueno-Bueno airándose de verdad y saca del portaguantes una ametralladora calibre 50 con la que dispara, sin dejar de conducir el Lamborghini rojo, hacia el Bugatti amarillo. Y las balas, que son largas y pesadas, se van por arriba o por abajo o por los lados, pero no provocan ni un arañazo en la carrocería de lujo. Y cuando el Malo-Malo ve con lo que le están disparando, se agacha sin dejar de conducir a 200 km/h y saca de debajo del asiento una bazuca con la que dispara tremendo cohetazo… Y otro. Y otro. Y otro. La calibre 50 por su parte no cesa de vomitar proyectiles.

Pero nada, nunca ninguno de los plomos acierta jamás en las carrocerías del Bugatti ni en la del Lamborghini, menos aún en los cuerpos del Bueno como del Malo. A la vez que el sol les ilumina y ellos van perdiéndose en la luz del astro rey…

THE END

(Aclaración importante: ni el Bueno ni el Malo pueden darse el lujo de morir en ninguno de los primeros siete filmes proyectados y ya contratados.)

 

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Rodolfo Torres

Retomo la frase de mi madre porque me gusta aunque no la entienda del todo y porque me parece que a la primera agarra de los hue…sos a cualquier lector. El caso es que me fui al mercado a comprar quesos. Soy amante de los quesos. Los franceses cierran las comidas con una tanda de diferentes tipos de quesos. Y yo, quizás porque soy cubano, le he tomado el gusto a abrirlas, sumarlas, dividirlas y hasta multiplicarlas con los quesos que han llegado a mis manos desde mi venida a Alemania. Pero hay un queso entre los muchos que he visto y probado que lo persigo allí donde aparezca en la copiosa propaganda alimenticia en esta ciudad de Berlín. Se trata de un “Käse mit Musik” o “Queso con música”. Aclaro que la “melodía” no es sonora, sino olfativa y de veras que el “ritmo” ocupa los huecos de cien narices en fila. Pero el sabor es celestial. Así pues pagué por dos paquetes del susodicho y los dejé caer en la mochila a mis espaldas.

Iba al fin camino del apartamento y, por esa enigmática asociación de ideas que uno va enhebrando porque lo mira todo, me acordé de cuando yo era niño y mi padre traía grandes quesos blancos de varios kilogramos para consumir nosotros en la casa y también vender junto a otros alimentos, bebidas y objetos en la tienda que él mismo se había creado. Yo escuchaba que aquellos quesos capaces de crujir cuales ratones asustados, cuando uno le mordía el culo a la lasca, eran de “Jicotea”. Y mi cabeza se hacía agua tratando de imaginarme cómo era que ordeñaban a los pobres animalitos de duros caparazones para sacarles la leche con la que fabricaban los exquisitos “Quesos de Jicotea”. Juro que en mi inocencia yo me maravillaba de cómo a los campesinos ya no les bastaba lo que les brindaban las vacas y se habían inventado algo tan delicioso.

Comento que yo no preguntaba a nadie para que me aclarara nada pues para mí todo estaba claro. El “Queso de Jicotea” era sin dudas hecho de leche de jicotea… Hasta que alguna vez mi padre invitó a varios de sus hijos que le acompañaran a comprar y traer queso para la casa y la bodega. Supe de esta manera que “Jicotea” era una pequeña población a diez kilómetros de la ciudad de Ciego de Ávila y, lo juro, me sentí muy decepcionado. A esta altura de mi vida no entiendo mi reacción de la niñez; fue como si se disipara ahí mismo ante mis ojos un poquito de la magia que yo mismo me había creado y en la que vivía. Todavía experimento aquella sensación de desgarro, caminando de las manos de mi padre por las callecitas de tierra del pobladito de Jicotea, y me provoca una especie de incomprensible nudo.

En fin, que andando de vuelta al apartamento y haciéndoseme la boca agua de antemano por la botella de vino rojo adquirida para la ocasión, cuyos tragos uniría en mi paladar al queso, vi a través de la ventanilla del tranvía a varios niños saltando en esas camas elásticas y también deslizándose por largos y anchos tubos plásticos, de color azul cielo, que bajaban enroscados desde tres y cuatro pisos de altura para caer aquellos chicos entre risas y chillidos en enormes colchones de aire de todos los colores. Se me ocurrió entonces que quien desee experimentar esa agradable sensación juvenil pues no tiene más que saltar media hora en las camas elásticas y deslizarse durante otra media hora a través del tubo, que en menos de veinticuatro horas tendrá la inefable oportunidad de saber qué cosa es un viejo de m…da.

Yo iba riéndome solo de las tonterías que se me ocurren cuando vi aquel hombre ascendiendo al tranvía y sentándose a mi lado. Fue un puñetazo en mi estómago o en la nariz. ¡Terrible! No es que estuviera mal vestido o simplemente sucio, sino aquella lamentable fetidez que manaba de todo su ser lo que hizo que me levantara como un resorte y me fuera a ocupar un asiento en la otra punta del tranvía. Me vino a la memoria haber visto en YouTube a una muchacha, creo que de origen latino, hablando de los alemanes y si era verdad que no se bañaban; recuerdo que al escucharla me sentí molesto por la parte alemana que me corresponde pues vivo aquí y mi familia más próxima es alemana y ninguno de nosotros jamás apestamos. Pero la presencia de aquel hombre corroboraba las palabras de la “youtuber”, aunque en un porciento mínimo.

Ido una vez más del aire gracias a la pantalla de mi teléfono, como todos alrededor, otra hedionda ráfaga llegó para agredirme la pituitaria. Era sin dudas el desagradable olor que viene de alguien que no se lava jamás los pies y anda semanas enteras con medias almidonadas y que casi se parten ya de las sólidas “paredes” creadas. Por supuesto que empecé a buscar descaradamente entre quienes me rodeaban, mirándoles directamente a sus pies. Mi mujer dice que yo no escondo mis reacciones y que cuando algo me cae mal lo exteriorizo al momento. Y es cierto, la edad me otorga el derecho de por lo menos darle la espalda a lo que no me agrada. Así pues, de tanto mirar los zapatos de todos vine a “descubrir” al portador de la hediondez. Otra vez me levanté para ir de nuevo en sentido contrario dentro del tranvía. Tuve suerte pues el anterior sucio había bajado y por allí precisamente vine a ocupar otro asiento.

¡Pero, coño, no había plantado mi trasero cuando una nueva pestilencia ocupó toda mi atención! Tuve que darle la razón a la joven “youtuber”: era muy cierto, pocos se bañaban en Alemania. Así pues iba a levantarme en busca de otro sitio donde achantarme cuando vine a descubrir que me acercaba a mi parada de Hoheschönhausen. Estaba lloviendo con fuerza y no me bastaba con la gorra y la capucha del largo abrigo. Me acordé entonces del paraguas en la mochila. La abrí para cogerlo y la emanación que saltó de allí hizo que me avergonzara ante mí mismo y llorara ante los ojos de dios, lo juro.

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